Tu cliente no quiere aprender tu programa.
Quiere mandarte la factura desde el móvil sin escribir un correo, y saber cómo va lo suyo sin llamarte. El Portal es la parte que ve él: una aplicación aparte, con lo justo, y sin acceso a nada más.
Cuatro cosas. Ni una más.
La tentación de un portal es enseñar todo lo que el sistema sabe. Es un error: cuanto más ve, menos lo usa, y más preguntas te acaba haciendo.
Funciona como aplicación en el móvil sin pasar por ninguna tienda de aplicaciones: se instala desde el navegador y queda con su icono. Para tu cliente no hay nada que descargar ni ninguna cuenta nueva que recordar más allá de la suya.
Tu cliente entra a su casa, no a la tuya.
Es la decisión de arquitectura más importante del producto, y no es cosmética: un portal montado dentro del sistema del despacho pone al cliente a un fallo de distancia de datos que no son suyos.
Cuesta más construirlo así y se nota poco desde fuera. Pero es lo que permite decirle a un cliente que sus datos están separados y que esa afirmación sea comprobable, en vez de una promesa.
Lo que nos preguntan siempre.
El tiempo del despacho no se va en los asuntos difíciles. Se va persiguiendo papeles.
Te enseñamos qué vería, qué podría mandarte y qué llegaría a tu lado. Sin instalar nada.